Herejias del lider de los g-12
El hábito de César Castellanos de
especular con la Biblia
¿Se puede especular con la Biblia? Por “especular”
se entiende “perderse en sutilezas o hipótesis sin base
real”. El hermeneuta bíblico, para poder ser
merecedor de tan distinguido título, debe ser
portador, por obligación sagrada, de una fuerte
dotación de honestidad. Nadie debe tener la audacia
de abrir las páginas sagradas para manejar a su
conveniencia algún pasaje de la misma. Sea pastor,
maestro de Escuela Dominical, maestro de escuela
bíblica, escritor, teólogo, o evangelista, no puede
tergiversar ni el más corto de los textos bíblicos con
la intención de darle base a sus creaciones
doctrinales. Tanto la especulación como la conjetura
no tienen lugar dentro de los campos de la
hermenéutica y la exégesis.
Al hablar de la conjetura, no nos referimos a
teorías diversas respecto al significado de algún pasaje
oscuro, difícil de interpretar. Lo que deseamos afirmar
de la manera más categórica y enérgica posibles es que
no se pueden ni se deben elaborar espejismos
interpretativos porque uno desea inventar alguna nueva
doctrina o defender algo que encaje en el esquema de
sus ideas. El texto bíblico no está al servicio de quienes
desean gestar una nueva doctrina, ni mucho menos para
darle génesis a una nueva religión. Es común oír en
círculos apologéticos los términos “denominación”,
“secta” y “culto”. Pero mucho de lo que se considera
“secta” o “culto” no son otra cosa mas que nuevas
religiones con brochazos bíblicos. La fuente a la cual
todas convergen es la Biblia: distorsionándola,
conjeturando con ella, especulando, negándola,
añadiéndole, alegorizando lo que es objetivo y
concreto, espiritualizando lo que es realidad material,
actualizando lo que es futurista, y haciendo futurista lo
que es contemporáneo. Nadie debe sorprenderse de que
la Biblia es el libro de donde han salido más sectas,
cultos, herejías y religiones heterodoxas.
Si existen dos mil años de trayectoria interpretativa
de la Biblia, si desde el tiempo de los Apóstoles, los
Padres Apostólicos, los obispos que inquietos convocaron
los concilios ecuménicos para determinar con claridad la
fe de la Iglesia, sus eruditos que nos legaron una enorme
cantidad de obras teológicas, si todo este esfuerzo
académico y espiritual se ha venido perpetuando como la
espina dorsal de la Iglesia durante sus dos milenios de
existencia, ¿por qué es que cada vez que surge un nuevo
movimiento heterodoxo dentro de la Iglesia cristiana,
tiene que haber un desprecio intencional y altivo a todo el
esfuerzo glorioso que se ha mencionado para darle
prioridad a sus supuestas nuevas “revelaciones”? Ya se
hizo referencia en un número anterior a María Baker G.
Hedí, fundadora de la Ciencia Cristiana; José Smith,
fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los
Ultimos Días; Guillermo Miller, fundador de la Iglesia
Adventista del Séptimo Día; Carlos Taze Russell,
fundador de Los Testigos de Jehová; Sun Myung Moon,
fundador de la Iglesia Unificada. Todas estas personas
surgieron en los siglos XIX y XX.
Pero podemos hacer referencia también a los
heresiarcas (autores de herejías) de los primeros
diecisiete siglos de la historia de la Iglesia y constatar que
las similitudes entre todos ellos son idénticas. Todos ellos
han portado, entre otros banderines, el de la irrebatible
pretensión de introducir en la Iglesia nuevas doctrinas,
nuevas revelaciones, nuevas estrategias, nuevos métodos,
y ¡por supuesto!, reestablecer, si no fundar, la tan
mencionada “iglesia verdadera”. Sucede lo que en cierto
país sudamericano ocurrió hace muchos años. La
denominación Iglesia de Dios sufrió una división, y los
que se separaron fundaron otra denominación con el
nombre La Iglesia de Dios; estos también sufrieron una
división, y los que se apartaron denominaron su grupo La
Verdadera Iglesia de Dios. César y Claudia Castellanos
no difieren en nada a los heresiarcas que se han estado
mencionando. Aún más, el arsenal de ellos es mucho más
surtido que el de otros heresiarcas. En todo caso, las
características de todos ellos son similares. Citaremos
únicamente dos de ellas.
Una: En todo movimiento herético la deshonestidad
interpretativa de la Biblia es un gen predominante. Tan
simple como esto: Si hay honestidad en el quehacer
hermenéutico, no pueden haber aberraciones doctrinales.
La honestidad propulsa al hermeneuta a consultar las
mejores y más respetadas fuentes interpretativas de la
Biblia; a asesorarse con aquellos expositores bíblicos que
han establecido su reputación de doctos a través de
prolongados años de estudio, conocimiento de Las
Escrituras, servicio a Dios, y transparencia espiritual. El
heresiarca rechaza los esfuerzos de los tales por la
sencilla razón de que lo único que le importa es empujar
sus novedades a como de lugar. El trabajo de los teólogos
es un fenomenal estorbo para él.
Dos: En todo grupo herético el protagonista se
escuda con el broquel de una visión que le da génesis y
continuidad a su movimiento. Este es el caso de los
Castellanos con el agravante de que sus visiones y
revelaciones son numerosísimas. Como no hay forma en
que su movimiento tenga fuerza siguiendo la
interpretación tradicional de la Biblia, sus doctrinas
clásicas, su himnología, liturgia tradicional, y sistemas
organizativos y administrativos, les ha sido
imprescindible recurrir a las supuestas 1) visiones, 2)
revelaciones, 3) conversaciones con Dios el Padre, 4) con
el Espíritu Santo, 5) con nuestro Señor Jesucristo, 6)
sueños, 7) experiencias extracorpóreas, 8) apariciones de
ángeles, 9) profecías de personas que se han autoconstituido
profetas y profetizas, 10) conjeturas, 11)
atropellos despiadados a la Biblia, 12) tergiversación de
los hechos, 13) testimonios de supuestas experiencias,
14) milagrería, y 15) crasas mentiras.
Como es clarísimo, todas las bases son
exageradamente subjetivas. No hay un solo punto de
apoyo que sea concreto. No hay bases bíblicas, ni
respaldo en una sana teología. El sentido común le grita a
uno que en las profesiones del mundo secular no se
consentiría ni una milésima parte de lo que los
Castellanos han impuesto en el ámbito religioso. ¿Qué le
sucedería a un médico, a un arquitecto, a un ingeniero, a
un abogado, a un físico, a un químico, si aplicara en su
profesión los procedimientos que implementan en el
mundo religioso los Castellanos? Si se les pregunta a los
eruditos bíblicos más renombrados del mundo, los
profesores de Biblia de los seminarios más respetados,
qué piensan de las enseñanzas castellanas, el rechazo de
ellas será unánime e inmediato.



